A Toño
Las vacaciones de verano del año 1972 fueron —estrictamente hablando— las primeras que pasé en el nuevo barrio al que nos mudamos un año antes.
La urbanización Venegas era una pequeña agrupación de viviendas construida recientemente en el límite de Barranco con Surco Pueblo (la parte antigua y marginal de aquel próspero distrito de clase media emergente); circundada por grandes y vetustos bloques de adobe que rememoraban los huertos y haciendas de vid y algodón de sus mejores años de vendimias y ruralidad; con un portón de malla metálica y marco de madera en la entrada por el jirón Catalino Miranda; cinco manzanas de casas, todas igualitas; un pequeño parque sembrado de cascajo (que la empresa inmobiliaria olvidó llevarse al culminar la obra) que no servía para jugar, con una pequeña rotonda con tres pedestales de 5 metros de altura reservados para un futuro monumento, cuatro o cinco bancas de cemento a los bordes; postes de luz potente en las calles y pistas recientemente asfaltadas.
Dejamos la vivienda cedida por el Ejército en la villa militar de suboficiales —en donde viví y estudié mis primeros años— para habitar la casa propia comprada con préstamo hipotecario a 20 años, cumpliendo así el sueño de mi madre. Con la mudanza, quedaron atrás algunos muebles viejos y mi tenue red de relaciones sociales, por lo que tuve que empezar a tejer una nueva, que para cualquiera, a sus 10 años de edad, se resolvía con una simple pelota de futbol.
Así lo entendió mi padre, quien, sabiendo de mi dificultad para hacer amistades —pero, sobre todo, habiendo observado al pequeño grupo de muchachos que correteaba detrás de una vieja pelota de cuero en las calles de la urba—, no se le ocurrió mejor cosa que comprarme un balón nuevo para usarlo como motivación y cuota de ingreso a mi nuevo círculo social.
—¡Vaya a juagar como hombre, carajo!
A los pocos minutos, efectivamente, los hermanos Huarcán, los Castro, los Arones y tres o cuatro chicos más de Recavarren, Noriega y Lavalle, ya se disputaban despreocupados, sudosos y eufóricos, mi pelota nueva. Mientras que yo observaba, sin mucho entusiasmo que digamos, sentado en la vereda de enfrente.
Ese primer verano y los fines de semana que le siguieron, el timbre de casa sonó, incansable. Y no precisamente para requerir mi participación en alguno de los equipos que ya se preparaban para el partidito de la tarde.
—¡Santiago… pasa la bola!
* * * * *
Las del 73, fueron las últimas vacaciones correspondientes a mis años de educación primaria. Y resultaron especiales.
El mismo balón, el mismo grupo de muchachos bulliciosos, la misma pista que se transformaba en campo deportivo, las mismas reglas sagradas del futbol callejero (penal o gol, con arquero-jugador, el que mete gol gana, el que la bota la trae), los mismos ladrillos definiendo los arcos rivales, la misma algarabía de siempre.
Sin embargo, ya no era yo quien guardaba la pelota al final de la jornada, en tanto ésta se convirtió en una suerte de objeto de propiedad colectiva, exonerándome así de la responsabilidad que mi padre me encargó un año antes, sin importarle mi opinión.
Esta nueva condición me permitió —para beneplácito mío— disponer de tiempo para otras actividades, mientras el resto de los amigos se disputaban, en cada tarde, el campeonato del siglo. Me dediqué a elaborar estrategias de ataques y repliegues, entre piedras, arbustos y hoyos del jardín del frontis de mi casa, en donde desplegaba mis decenas de soldaditos, protagonistas de épicas batallas. O a imaginar peligrosas incursiones en el antiguo establo ubicado detrás de la urba, por el camino de piedra que, a modo de portal del tiempo, conducía a parajes insospechados más allá de las fronteras urbanas. O, finalmente, pasaba las horas llevando la cuenta de las esporádicas personas que transitaban por la cuadra, de ida y vuelta, imaginando escabrosas historias sobre sus procedencias, vidas y destinos.
Fue en uno de esos ejercicios de observación, que lo vi llegar. Sábado por la tarde. De grácil y delicado andar, pulcro, bien peinado, pantalón largo, maletín en mano. Volteó a mirarnos con cierta displicencia, extrajo sus llaves del bolsillo derecho e ingresó a la que parecía ser su casa, tres o cuatro viviendas a la derecha, en la calle de al frente.
¿Quién es ese pata? ¿De dónde diablos salió? ¿Qué puede estar haciendo un sábado por la tarde? ¿Por qué no es parte de esta jauría de bárbaros que corren detrás de mi pelota? ¿Cómo no lo vi antes, viviendo casi en mis narices? Me interrogué.
Los siguientes sábados esperé con especial entusiasmo su llegada: 4 y 15 de la tarde. Ensayé diversas formas para tomar iniciativa y acercarme, propiciar un encuentro fortuito, establecer un inicial contacto, una conversación casual, como antesala de una eventual relación de amistad.
Jamás me acerqué.
* * * * *
Una tarde tocó la puerta de mi casa. Abrí. Se presentó él solo y con mucha soltura me invitó a pasar un rato en la suya.
—Anda hijito, no seas descortés con tu amiguito.
—Mamá … ¡no lo conozco!
Veinte minutos después ya nos encontrábamos en su dormitorio con las tres maletas de mano abiertas de par en par y con todo su contenido dispuesto con mucho orden sobre la cama. Me fue presentando a cada uno de los personajes por sus respectivos nombres, haciendo una breve introducción sobre la motivación y los procesos que les dieron vida; me explicó con detalle las dificultades técnicas que tuvo que enfrentar con alguno de ellos para llegar a la caracterización deseada; compartió conmigo apuntes de diálogos y situaciones que él mismo había escrito; me invitó con mucho entusiasmo a imaginar montajes, escenarios, presentaciones.
—Coje el que desees. El dedo gordo en uno de los brazos, índice en el tubo de la cabeza, dedo medio al otro brazo. Exacto. Mueve los dedos.
Esta experiencia ya la había vivido en el colegio, cuando, en Tercero, el profesor Jesús Prellwitz nos enseñó —con mucha paciencia— a armar una pelota de papel periódico remojado en engrudo, amarrado con pabilo y con un tubo de cartón como eje; técnica con la que fracasé rotundamente al intentar reproducir a mi abuela materna con su distinguido moño andino.
Pero esto era otro nivel.
De mi misma edad, Roberto no solo cursaba ya el Primero de Secundaria y había leído muchos cuentos e historietas, sino que todos los sábados se trasladaba hasta el Parque de la Exposición, a sus clases en la Escuela de Títeres Kusi Kusi, en el sótano de La Cabaña.
—¿Y viajas solo hasta el centro de Lima? Asu.
Esa primera tarde se nos pasó volando. Me probé, uno tras otro, los 18 personajes en la mano derecha, con curiosidad y deferencia a la vez. Progresivamente fui soltando la muñeca y los dedos, otorgando vida y movimiento a cada uno de ellos. Ensayé voces e improvisé parlamentos, para asombro mío.
—Tengo buen ojo, no me equivoqué contigo —me dijo con una sonrisita dibujada en su rostro—. Solo tienes que aprender a hacer voces. Y es que haces un perro Santiago, un Poeta Hippie Santiago, una abuela Santiago, un lobo feroz Santiago, una Paisana Evangelina Santiago. ¡Por Dios! Pero, no te preocupes, en pocos meses estarás interpretando personajes y nadie sabrá de quién es la voz detrás del teatrín.
Al salir de su casa y despedirme, Roberto me entregó una edición especial de Coco, Vicuñín y Tacachito, con el encargo de leerla y luego de ello, crear un personaje y una pequeña historia sobre su llegada e incorporación a ese fantástico mundo de amigos.
Esa noche no pude dormir de tanta excitación al saberme en el preludio de una insospechada aventura.
* * * * *
Las semanas siguientes no hice más que esperar que acaben las clases y que llegue el sábado para cruzar raudo la calle, buscar a Roberto, e ingresar a ese mundo mágico y de experiencias maravillosas que significaban cada obra que proyectábamos; cada texto de cuentos famosos que adaptábamos a nuestro antojo; cada personaje que dábamos forma con los ruleros como soporte y las medias nylon transformados en rostros; retazos de telas, botones brillantes, hilos y lanas de colores; cada boceto de paisajes o de interiores que plasmábamos en hojas y cartulinas blancas que se acumulaban dentro de la carpeta de cuero; cada texto que ensayaba con mi voz de perro Santiago, o de abuelita Santiago, o de lobo feroz Santiago.
Días de explosiva felicidad que empezaron a dar sus frutos, cuando fuimos invitados por la Junta Directiva de la Asociación de Residentes —la mamá de Roberto era Tesorera—, para presentar una breve obra en la primera actuación que se realizó en la urba, con motivo del Día de la Madre. Nuestro trabajo fue muy bien recibido por los asistentes.
Le siguieron las Funciones dominicales de títeres para niños, montados en el jardín de su casa, cada dos o tres semanas, de 3 a 4 de la tarde, a un sol la entrada. Funciones que preparábamos y ensayábamos infatigablemente luego de las clases del colegio. Roberto era el creativo, director y ejecutor de personajes centrales; yo —aprendiz insaciable—, colaborador y encargado de personajes secundarios. Todo un éxito: venia todo el barrio a vernos.
Claro, excepto los muchachos que seguían corriendo eufóricos detrás mi destartalada pelota, cada fin de semana. Muchachos, que con sus bromas, insinuaciones, vocecitas y silbidos lanzados cada vez que veían pasar a Roberto, empezaron a generar en mí algunas sensaciones y preguntas que no terminaba de darle formas ni respuestas. Hasta aquella tarde en que fueron más directos e inclementes.
—Robeeeertoooo … ¡cómete este títere!
—¡Roberto cabro!
* * * * *
Mis pensamientos y sensaciones inéditas, mis preguntas no resueltas, nuestros ensayos y las presentaciones dominicales se vieron interrumpidas, de pronto, una tarde en que llegó la mamá de Roberto —una señora elegante con un cargo importante en el Ministerio de Educación— para motivarnos a pensar en grande y mostrar nuestro talento en un concurso nacional que se realizará muy pronto como parte de la política de promoción cultural del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Ella.
Esa primera semana de octubre de 1973 nos presentamos en el Primer Encuentro Nacional Inkarri, en el Campo de Marte, en competencia con otros 14 grupos de titiriteros venidos de todas partes del Perú. Mayores todos, con escuela y más trayectoria que nosotros. Fue toda una jornada de presentaciones ante un jurado de gestos adustos. Logramos calificar entre los tres finalistas. Casi lloramos de alegría, pero no había tiempo que perder. Teníamos que dominar la segunda obra que habíamos reservado para esta eventualidad. Ganar el domingo siguiente era el reto, el compromiso, el pacto que hicimos aquella vez.
De día ensayábamos en su casa de manera intensiva. De noche cada uno perfeccionaba sus líneas, voces y desplazamientos por su cuenta. Todo iba bien hasta que, en la víspera de la final, ingresó mi padre a mi dormitorio.
—¡No me vengas con mariconadas huevón de mierda! ¡Ya me habían comentado de tus andanzas con ese cabro de al frente! ¡Pero te dejas de cojudeces ahora mismo!
Sentenció. Mientras, levantaba uno a uno los títeres de mi cama, con una fiereza y rabia que nunca antes le había conocido. Bajó las escaleras a trancos hacia el patio que colindaba con la cocina. Los tiró con desprecio en el lavadero de ropa. Les roció todo un frasco de alcohol que extrajo del botiquín del baño y les prendió fuego sin piedad.
Al día siguiente vino Roberto a recogerme para ir a la final. Mi madre le dijo que esta vez no lo acompañaría. Lo despidió amablemente y le cerró la puerta.
Volvió a tocar insistentemente, con desesperación. Gritó mi nombre unas cien veces. Suplicó mi ayuda apelando al afecto que nos teníamos. Nunca más te fastidio, te lo juro por Dios. Lloró inconsolablemente. No me abandones por favor. Luego vino el silencio.
No tuve el coraje de abrir, salir y darle una explicación, inventar un pretexto. No tuve la valentía de asumir mi responsabilidad y ofrecerle una disculpa. De ser sincero y hablarle de la enorme pena que me estrujaba el alma. Pero, sobre todo, no tuve el valor de contarle todo lo que había dicho y hecho mi padre la noche anterior, ni del odio profundo que le tenía por ello.
Me porté como un maricón.
* * * * *
Nunca más lo volví a ver.
Primero, porque dejé de frecuentar las calles de mi pequeño barrio; luego, porque me pusieron en el Colegio Militar, en donde hice y terminé la Secundaria. Finalmente, porque me largué de casa ante la exigencia de mi padre por postular e ingresar a la Escuela de Oficiales del Ejército.
Nunca más supe de él. Hasta el día de ayer que leí en la página cultural del diario sobre la presentación de su primera novela. Nada menos que en la Casa de la Literatura y con la presencia de reputados escritores y comentaristas del medio, quienes “saludan a esta joven promesa de las letras” y le auguran “un lugar importante dentro de la narrativa peruana”.
Eso me conmueve y me hace muy feliz. Y es que le debo mucho a Roberto.
Sobre todo, por darme la oportunidad y permitirme dar voz a personajes, como el que en estos momentos me dispongo a representar y que ya anuncian en el escenario.
—¡Con ustedes, Zulenka! ¡La diosa de las noches de nuestra Lima de ambiente!
W.M.P.
09.09.2022
Imagen de la obra teatral ‘Monique Fornique’, de Iñaki Oscoz.
https://www.elmundo.es/elmundo/2011/01/07/cultura/1294410650.html